viernes, 3 de diciembre de 2010

La luz del alba

Cayendo a mil kilómetros por hora, la luz del alba amenaza con salir y cegarme en este arrebato de rabia y desamparo, una carrera hasta el fin del mundo, buscando no sé que cosa. Un acto de prestidigitación, magia que se supura por los poros, en un amanecer eterno condenada al anhelo de tus besos. Pecado, prohibición, dolor, purgatorio. Eso es lo que acarreas a las espaldas. Rata, suburbio, incendio, piroclasto, panteón, guadaña, laptop, libro, obra, teléfono... Miles de palabras sin sentido se agolpan en mi cabeza por esta sensación tan turbia que me empaña los sentidos. No soy perfecta, pero lo intentaría. Es mi imperfección lo que me hace no encajar en ningún sitio, ser una pieza de un puzzle en una caja equivocada, solitaria y diferente, roce de hielo cálido, caricia de fuego congelante, flagelada por la proximidad de esta luz del alba. Un pedacito de amor delirante, febril deseo incorpóreo que recorre cada centímetro de nuestro ser para llegar a alcanzar la verdadera iluminación. Ese momento en el que, no solo en el horizonte, tierra y cielo sean uno, amparados bajo la luz del amanecer, donde el alba se propague hasta fines desconocidos. Pero lo cierto es que ese momento, llega, única y exclusivamente al compartir tú con el resto del mundo ese secreto que guardas entre tus labios. Secreto en forma de besos, de susurros, de aliento, de risa, de llanto, de simplemente una palabra, de tus silencios. Ese es el secreto para apagar para siempre la eterna luz del alba, que me acaricia en mi perfecta soledad de mi imperfecta existencia.

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