martes, 15 de febrero de 2011
El tiempo va pasando, como imágenes que se agolpan en nuestra retina a la velocidad de un pestañeo, incansable e imparable, como los granos que se cuelan por un reloj de arena, en una carrera infinita en busca del momento perfecto, un momento en el cual todo cambia, todo se hace más perfecto, para luego precipitarse al vacío en un grito de agonía y desesperación porque nunca nada es lo que buscamos, ni nadie es nunca como creemos que en realidad es, porque todo es una imagen, perdida en un lapso de tiempo, como un payaso enmascarado que busca la risa para ahogar la cruda realidad de su llanto, un llanto ardiente y sofocante, que lo calcina todo a su paso, pues nunca ha existido nada tan volátil como las lágrimas, capaces de encender los corazones y las almas en un arrebato de dolor y furia crispada, porque al verse frustradas nuestras esperanzas y solo queremos desaparecer en un torbellino de ceniza y calor, sin saber que, quizás, ese deseo de fin, de calor, de fuego, solo sea un estúpido intento de enmascaran nuestra cruda y propia realidad en el calor que enmascara el auténtico frío que habita en nuestros corazones y que se vuelve más gélido según pasa el tiempo, incansable e imparable ante nada.
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